Cinco hermanos, un voto y 12,500 millones: el tag along que amenaza con destronar a Jeanie Buss DE SUS LAKERS

Cinco hermanos levantaron la mano. La sexta, la que durante trece años fue la cara de los Angeles Lakers, se negó incluso a votar. Y con ese acto, cinco votos contra uno, sus hermanos pretenden hoy disolver cuarenta y siete años de control familiar sobre la franquicia deportiva más célebre del planeta, y despojar a su propia hermana de la gobernanza del imperio que su padre le heredó. Ella, sin embargo, no piensa irse en silencio: mientras el mundo lee la noticia, sus abogados libran la batalla en los tribunales.

La noticia sacude tanto a la industria del deporte como a quienes nos dedicamos al derecho corporativo, aunque por razones distintas. Al aficionado le duele el fin de una era. Al abogado societario le fascina el mecanismo: una sola cláusula, el derecho de acompañamiento o tag along, invocada mediante una votación de cinco contra uno en el seno de un fideicomiso familiar, amenaza con lograr lo que años de pleitos, demandas y golpes de estado corporativos no habían conseguido. Y digo amenaza, porque el desenlace aún se disputa: Jeanie Buss impugna la validez misma del voto. Y es que, como suele ocurrir, detrás de cada gran drama patrimonial se esconde, no una traición, sino un documento que alguien firmó sin medir del todo sus consecuencias.

La empresa familiar que confunde la confianza con la previsión está construyendo sobre arena. El caso Buss, que hoy ocupa las primeras planas del mundo entero, es la ilustración más espectacular de esa verdad, Por ello, vale la pena contarlo, y extraer de él la lección, que aplica por igual a los Angeles Lakers y a la constructora, la comercializadora, la agroindustria o el negocio familiar de cualquier latitud. 

De 67 millones a 12,500 millones: la anatomía de un despojo

En 1979, el doctor Jerry Buss adquirió a los Angeles Lakers por sesenta y siete millones y medio de dólares. A su muerte, en 2013, dejó el control de la franquicia estructurado, como es sabido en la mejor práctica patrimonial estadounidense, a través de un fideicomiso familiar, el Buss Family Trust, cuyos beneficiarios son sus seis hijos: Jeanie, Jim, Johnny, Janie, Joey y Jesse. Su voluntad, expresada en vida y ratificada después por vía judicial, fue clara: que Jeanie, su sucesora elegida, fungiera como controlling owner de la franquicia de por vida, y que los seis hermanos se llevaran bien. Lo primero se cumplió durante trece años. Lo segundo, como veremos, nunca.

En junio de 2025, la familia acordó vender la participación mayoritaria de los Lakers al empresario Mark Walter, en una valuación de diez mil millones de dólares, récord en su momento para una franquicia deportiva en los Estados Unidos. Aquel acuerdo permitía a Jeanie permanecer como gobernadora de la franquicia hasta 2030. Cada hermano embolsó, tras impuestos, más de quinientos millones de dólares. Varios de ellos, según la prensa especializada, sintieron que aquella venta había sido apresurada y que Jeanie los había presionado a votar que sí. Rencores viejos, conviene recordarlo, pues Jeanie había demandado o removido de sus cargos a sus cuatro hermanos varones a lo largo de los años. La familia, en suma, una serie de HBO en la vida real.

Y ahora, apenas catorce meses después, la mecha encontró la pólvora. El pasado 12 de agosto, Mark Walter anunció que revendía la franquicia a un grupo encabezado por Joshua Kushner y Bob Iger, en una valuación sin precedente de doce mil quinientos millones de dólares. Esa reventa activó, para la participación restante del fideicomiso Buss, equivalente a un 17.8 por ciento, una cláusula de tag along: el derecho de los socios minoritarios de sumarse a la venta del mayoritario y vender su parte en las mismas condiciones y al mismo precio premium. Para ejercerla, el fideicomiso requería el voto favorable de al menos cuatro de los seis hermanos.

El detalle que todo empresario debería tatuarse: la regla del 15 por ciento

La escena es digna del mejor guion de Hollywood, y naturalmente de los Lakers, que encarnan la vida angelina a la perfección. La votación llevaba abierta desde días atrás, y para ejercer el tag along bastaban cuatro de los seis votos. Al final fueron cinco los hermanos que votaron a favor de vender la totalidad de la participación familiar, entre ellos aquellos a quienes Jeanie había apartado del poder durante años. Jeanie fue la única que no votó; según diversas fuentes, ni siquiera respondió a la consulta. Y aquí viene el golpe maestro: las reglas de la NBA exigen que el controlling owner de una franquicia mantenga cuando menos un quince por ciento de propiedad. De liquidarse por completo el 17.8 por ciento del fideicomiso, Jeanie Buss quedaría, de un plumazo, por debajo de ese umbral. Sin el quince por ciento, no hay gobernanza. Sin gobernanza, Jeanie deja de ser la cara de los Lakers. Sus hermanos, con una sola votación, no solo cobrarían su fortuna: la destronarían.

La carta de Streisand: "controladora de por vida, salvo orden en contrario"

Como es de esperarse en todo buen drama, Jeanie no se ha rendido; muy por el contrario, contraataca con toda su artillería jurídica. Su abogado, Adam Streisand, el mismo que la defendió en las guerras fratricidas de 2017, sostiene mediante carta dirigida a los abogados de sus cinco hermanos que cualquier voto que sugiera que la familia vende es, en sus propias palabras, nulo y carente de efectos desde su origen. El fundamento es una orden judicial de aquel año 2017, emitida por la Corte Superior de Los Angeles, cuyo texto instruye a los co-fideicomisarios a asegurar que Jeanie sea electa controlling owner de los Lakers de manera anual durante toda su vida, y aquí viene la frase decisiva, salvo que una orden posterior de la propia corte modifique el fideicomiso. En otras palabras, mientras ningún juez modifique el instrumento, los co-fideicomisarios, es decir, Jeanie, Janie y Joey, están obligados a votar las acciones de manera tal que se preserve el umbral del quince por ciento y se garantice que Jeanie permanezca en el control. Cualquier intento en contrario, advierte Streisand, constituiría breach of trust, breach of fiduciary duty y desacato a una orden judicial. Va más lejos aún: exige que los hermanos declaren públicamente que Jeanie sigue siendo la controlling owner de los Angeles Lakers, y acusa a dos de ellos de filtrar información falsa a la prensa. La batalla, pues, apenas comienza, y muy probablemente se libre durante los meses por venir, ante un juez que deberá decidir cuál voluntad prevalece: la del fideicomiso que ordena preservar el control de Jeanie, o la de la mayoría de beneficiarios que quiere cobrar y salir.

¿Y esto qué tiene que ver con la empresa mexicana? Absolutamente todo

Dejemos por un momento el brillo de las cifras y de los apellidos, y vayamos a lo que importa: qué tiene todo esto que ver con la empresa mexicana. La respuesta es la del subtítulo: absolutamente todo. Y se desglosa en cuatro lecciones.

El tag along, para empezar. Como lo hemos hablado antes, el derecho de acompañamiento protege al minoritario permitiéndole vender en las mismas condiciones que el mayoritario. En el caso Buss, sin embargo, observamos su filo menos comentado: una vez pactado, el tag along es un derecho, no una obligación, pero su ejercicio por parte de un bloque de socios puede desencadenar consecuencias que otro socio, aun siendo la cara visible del negocio, resulta incapaz de detener. La cláusula que se pacta para proteger, mal calibrada o combinada con otras reglas, puede convertirse en el arma que despoja.

El fideicomiso, o trust, en segundo lugar. La estructura fiduciaria es, sin lugar a dudas, el vehículo predilecto en el mundo anglosajón para la planeación patrimonial y sucesoria. Es una herramienta magnífica, pero de doble filo: concentra el patrimonio, sí, mas también concentra el conflicto. Un fideicomiso mal diseñado en sus reglas de votación, como al parecer lo estuvo el de la familia Buss, puede permitir que una mayoría simple de beneficiarios imponga su voluntad sobre el fideicomisario que ostenta el control operativo. En palabras sencillas: el trust que Jerry Buss creó para proteger a Jeanie terminó siendo el instrumento por el cual la desalojaron.

Viene después, el deber fiduciario de los co-fideicomisarios. Aquí está el nudo jurídico que las cortes de Los Angeles habrán de desatar. ¿Prevalece el mandato del fideicomiso, que según Jeanie obliga a preservar su control de por vida, o prevalece la libertad de los beneficiarios de maximizar el valor de su inversión vendiendo al mejor postor? La respuesta quizá dependa de aquella cláusula de escape que la propia orden de 2017 contempló: el control de Jeanie se preserva salvo orden posterior que modifique el fideicomiso. Es decir, la misma corte que blindó a Jeanie podría, llegado el caso, desblindarla. El deber fiduciario, esa obligación de lealtad y diligencia que pesa sobre quien administra bienes ajenos, no es un adorno retórico: es una fuente de responsabilidad personal y solidaria. Cuando los intereses económicos de los administradores chocan con los mandatos del instrumento que los designó, el terreno se vuelve pantanoso, y los honorarios de los litigantes, cuantiosos.

Y por último, la lección sobre las reglas externas. Los Buss aprendieron, del modo más caro posible, que su pacto interno no vivía en el vacío: estaba sujeto a una regla externa, la del quince por ciento de la NBA, que ninguna cláusula familiar podía derogar. El empresario mexicano haría bien en recordar que sus estatutos y pactos coexisten con normas imperativas, sean las reglas de una franquicia, las disposiciones de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores para las emisoras, o las obligaciones fiscales del Servicio de Administración Tributaria. Ningún pacto privado, por astuto que sea, deroga la ley ni las reglas del juego en que se inscribe.

El dinero no cambió a los Buss: los desenmascaró

El caso Buss es, para el derecho corporativo, lo que una autopsia célebre es para la medicina: una oportunidad, dolorosa pero invaluable, de estudiar en carne pública lo que en la práctica privada permanece oculto tras convenios confidenciales.

Y la lección es doble. Por un lado, ninguna estructura patrimonial, por sofisticada que sea, por muchos millones que administre, por más abogados de renombre que la hayan diseñado, sustituye a la claridad en las reglas de decisión. El fideicomiso de los Buss administra una fortuna incalculable y, sin embargo, permitió que un puñado de votos pusiera en jaque la voluntad expresa de su fundador, al punto de que hoy nadie sabe con certeza quién gobernará mañana los Lakers. Que el desenlace siga abierto, pendiente de lo que resuelva un juez, es precisamente la prueba del defecto: cuando las reglas son claras, no hay pleito; cuando son ambiguas, hay litigio. Por otro lado, y esto es lo más importante, el conflicto familiar no se resuelve con dinero: se aplaza. Los quinientos millones que cada hermano cobró en 2025 no sanaron los rencores acumulados durante décadas; simplemente compraron el silencio hasta que una segunda venta, más lucrativa aún, ofreció la ocasión perfecta para el ajuste de cuentas. El dinero, no los cambió: los desenmascaró.

Que este drama, ventilado hoy ante el mundo entero, sirva de espejo al empresario mexicano. Si una familia con una de las fortunas deportivas más grandes del mundo, asesorada por los mejores despachos de California y Estados Unidos, terminará dirimiendo su destino en una corte de sucesiones, ¿qué no le espera a la empresa familiar mexicana que opera con el machote del fedatario, sin protocolo familiar, sin reglas de votación claras en su pacto de socios, y con la sola fe en que la sangre bastará para mantener la paz?

Los Buss tuvieron trece años de calma. Bastaron cinco manos, y la negativa de una sexta, para romperla, y hoy su destino pende de lo que decida un juez. Quien tenga una empresa y una familia haría bien en tomar nota, antes de que el tag along, o cláusula similar, toque a su puerta.

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